El exilio del mirlo
¡Pero todo ha quedado tan lejano! Poco a poco la ciudad fue ganando metro a metro, palmo a palmo, al verdor de la vega. Y llegó la quimera del ladrillo que con burda añagaza dibujó sobre la huerta un horizonte de grúas. Los huertanos se dejaron seducir por tentadoras propuestas del corredor de fincas; y el asfalto y el cemento, bajo la dictadura del progreso, desplazaron a la gleba. Humildes hortelanos permutaron sus tierras por cifras astronómicas que sus hijos fundieron en cochazos de lujo. Muchos de ellos -a los hijos me refiero- están hoy en el paro en tanto que los padres apacientan recuerdos en el hogar del pensionista.
Salvador cambió su vieja casa por un piso en los bloques que están junto al jardín. Y sale cada tarde a tomar el aire y se sienta a meditar en uno de los bancos. Cada diez minutos suena la campana del tranvía -en la cercana parada- camino de los centros comerciales. Lo que antes eran huertos se ha poblado de rotondas y semáforos, y miles de vehículos circulan de continuo, pues está cercana la autopista. Con frecuencia aúllan las sirenas de urgentes ambulancias. El progreso es bonito, quién lo duda, pues pone a nuestro alcance tantas cosas; pero también es cierto que se pagó por ello un alto precio y muchas cosas importantes se han perdido. Donde antes reinaba más que nada el sosiego ahora planea la incertidumbre.
Y Salvador se siente en el exilio, como ese triste mirlo que, a falta de los huertos, se ha resignado a cantar posado en la antena del tejado.
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